En Cristiano Muerto. En 1977. Que años para andar por Cristiano Muerto, entre tantos cristianos muertos. Pero ahí fuimos buscando tierra quieta, serena. Un mundo dónde no pase lo que pasaba entonces. 18 años y nada.
El primer compañero de viaje, Doni. Don Ignacio mi hermano.
A el Cuero.
¿Quién eras?
Yegua noble.
Pingo viejo.
Hoy, vacío y sin memoria de tu individualidad, sos a la vez todos los potros y todas las manadas juntas. Los bellacos, los mansos, los trotadores, los lijeros, los volvedores, las paridoras que dieron su leche a los muchachitos de tos convulsa y a los cautivos de los toldos. Los Blancos robados y los Blancos comidos. Los livianos en las gateras o en los aviones rumbo a los polos del desierto y la fortuna.
Los sulquis en la escuela contigo en las varas, los costillares al asador, la trenza fina, la costura, producto de tus lonjas, las botas tan de potro como este cuero tuyo y nuestro que tengo sobre la mesa de trabajo.
Los cencerros. Las tropas en las rondas de la noche de luna, aquellos tres de ustedes que a Santiaguito lo llevaron Atuel arriba rumbo a la libertad. Los que ensilló Mariano para volver al pago de su infancia y los que cargaron en Curupaytí.
Sol y heladas te maduraron el pelo.
Tiempo y desengaños me fueron calmando a mí.
Ahora, este rato, estamos juntos.
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